martes 28 de julio de 2009

Quiero

No quiero más el silencio oscuro que invade mi cama esta noche fría. Quiero la nana suave de tu respiración pausada, el suspiro lento de tus manos al deslizarse por las sábanas buscando entrelazar tus brazos con los míos en un irrompible abrazo adormilado. Quiero encontrar el calor de tu cuerpo a escasos centímetros de mí cada vez que me dé la vuelta y ruede sobre el colchón, sin importar dónde empieza y dónde acaba el espacio de cada uno. Sólo quiero andar colgada de la curva delirante de tu mano cuando agarra fuerte mi tiniebla y la disipa. Quiero millones de esos besos que, como piedras que caen al agua, me recorren el alma en dulces ondas expansivas. Y quiero, por encima de todo, que sepas hasta qué punto te he querido siempre, hasta qué punto te estoy queriendo ahora.

domingo 24 de mayo de 2009

La atadura

No me desates nunca.
Déjame que cuelgue.
Deja que me queje,
que te gima,
que desespere.
Deja que me marchite,
pero nunca,
NUNCA,
me desates de mi suerte.

domingo 1 de marzo de 2009

Otra disculpa más

Llevo semanas intentando tirar del hilo enmarañado de decenas de historias que traje conmigo del otro extremo del Mediterráneo, escondidas entre especias, telas y exóticos presentes.


Pero cada vez que desarrollo una idea, todo toma forma de dolor y desemboca en un mar de olvido, pérdida y ausencia.


En todo este tiempo no he escrito nada que no tuviera que ver , con su muerte o con mi pena. La echo mucho de menos. Mucho. Demasiado. Y esa nostalgia, para mí, es obstáculo suficientemente grande para bloquear mis dedos, mis palabras, y no dejar brotar esas historias al son del tecleo.


Esta confesión, más que una disculpa, es una historia más, la mía, la de verdad, sin fantasías y sin adornos. Intento escribir, pero no puedo. Puede que no lo esté intentando lo suficiente, la cuestión es que, de momento, mis historias siguen conmigo, sin traspasar el rígido muro que rodea mi cabeza.


Lo seguiré intentando, de eso no hay duda, porque forma parte de mi vida, pero no quiero que la tristeza lo ensombrezca todo, pues cada día son más las alegrías que llegan a mí por sorpresa. Alegrías que también quiero plasmar aquí, alegrías que me gustaría haber podido compartir con ella.


Así que, de nuevo, pido disculpas y comprensión por mi silencio, no sólo a vosotros/as, sino, también, a mí misma.


Hasta muy pronto, espero.

jueves 29 de enero de 2009

Viajes


Hace casi cuatro años crucé sola el Atlántico con el fin de demostrarme a mí misma y al mundo que el abandono no me había robado el valor, que el dolor no me había cortado las alas ni las ganas de seguir avanzando sola, en pie, erguida y orgullosa de cada uno de mis pasos. Y lo logré.

Hace casi un año crucé la Península para reencontrarme con viejos amigos y con un mordaz amante, salvador de mi pecho herido, pero punzante y cruel en su soberbia juventud. Le demostré a él y a aquél que aguardaba en casa que podía plantar cara al dolor y estrechar su mano sin resentimiento, pero sin rastro de la ternura antaño compartida.

Hoy, repleta de amor y firmeza, me dispongo a cruzar el mar que los romanos llamaban Nuestro para recuperar la confianza en mi instinto aventurero, en mi desenvoltura ante otros pueblos, otras culturas, lenguas desconocidas y miles de incógnitas.


Así, dejo mi hogar por unos días, para volver cargada de enseñanzas e historias que espero poder contaros poco a poco, tejiendo un manto de experiencia con los hilos que me entreguen en cada bazar, en cada hammam, en cada mezquita. Llevo mis manos dispuestas a aceptarlos todos.

A mi regreso, cubriré tu cuerpo con el oro de los sultanes, el amor de sus mujeres, el placer de sus amantes.

martes 30 de diciembre de 2008

Olvídame el olvido

Hoy he descubierto que también escribe para no olvidar. Lo ha hecho de repente, como impulsada por una descarga, bajo ningún tipo de autocontrol. Ha buscado su libreta roja en el bolso, lo ha removido entero, lo ha vaciado todo sobre la mesa de la cafetería. Una taza de café vacía ha volcado por el ímpetu de su búsqueda, pero era evidente, su libreta no estaba.

Así, de golpe, bajo mi atónita observación, ha desplegado una servilleta de papel y en ella ha escrito dos breves líneas a lápiz. Después, ha permanecido inmóvil unos segundos, ha depositado el lápiz sobre la mesa con suavidad y ha tomado un sorbo, lentamente, de su té con menta.

Ha cerrado los ojos como siempre hace cuando bebe té. Los ha cerrado y ha sonreído, como si con ello hubiera puesto punto y final a sus palabras recién fijada y lo celebrara. A veces no la comprendo, sus rituales se me escapan, me confunden… me hechizan.

Esta tarde me ha dicho que escribe para no olvidar.

- Es curioso, ¿no crees? - me ha preguntado. - La gente bebe para olvidar; yo escribo para no hacerlo -.

Sus dedos han jugueteado con el lápiz mientras levantaba la mirada y la fijaba en mí. No sé nunca a qué juega. No sé, ni siquiera, si está jugando, sola, conmigo o a mi costa.

- Dime, ¿y qué escribes? - le he preguntado.

- ¡Ah! - se ha sorprendido, divertida. - Cosas.

Definitivamente, sus juegos me capturan.

- ¿Qué cosas?

- Cosas. Todo. Olores, lugares, ideas que se me ocurren, películas en blanco y negro, miradas…

-¿Miradas? - le he preguntado al percibir la sutil sonrisa que ha acompañado esa palabra. - ¿Y qué escribías hace un momento?

- No puedo contártelo.

- ¿No puedes o no quieres?

- No quiero.

- Ya...

- Es personal.

- Entiendo.

- Si te lo contara sabrías demasiado de mí…
- De acuerdo.

- Pensarías que estoy loca.

- Está bien, en serio.

Ha bajado la mirada y se ha puesto a remover de nuevo el té. No parecía nerviosa, ni incómoda, pero sí algo nostálgica, casi ausente.

- Bueno, - ha dicho, lentamente, rompiendo su silencio - te lo contaré.

- No hace falta, de verdad.

- Cállate y escucha, voy a contártelo quieras oírlo o no.

No he dicho nada más. En realidad, era ella la que, desde hacía rato, parecía no querer escucharme a mí.

- He escrito que tienes unos ojos preciosos. Y que algún día me casaré contigo. Y que si no lo hago, le pondré tu nombre a uno de mis hijos, para no olvidarme nunca de ti.

- Yo no necesitaré ponerle tu nombre a mi hija para no olvidarte.

- Pero puede que yo sí. Puede que yo sí me olvide. Puede que me olvide de todo. Puede que yo también esté enferma. Puede…

La he hecho callar. No soportaba seguir con eso, porque sabía que ella tampoco podía. Ha llorado unos segundos, sólo un par de lágrimas, lo justo para decir “basta”. Entonces me ha mirado directamente a los ojos:

- Necesito hacer el amor. Necesito que sea contigo.

- ¿Necesitas…? - no ha respondido. - Prométeme que no vas a olvidar que te quiero.

Al menos ha sonreído.

jueves 25 de diciembre de 2008

Primera Navidad

“El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esa tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar ese dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso.”
(Tokio Blues. Norwegian Wood - Haruki Murakami)
Tan cierto como que hoy he sido realmente feliz es que hoy la he echado de menos más que nunca. Cuanto más sonreía más ganas tenía de llorar. Cuanto más triste estaba más motivos encontraba a mi alrededor para seguir adelante.
Dicen que la Navidad nos hace sentir extraños, yo diría, más bien, bipolares.
P. S. : Espero poder cubrir pronto el muro con palabras de plata que lo hagan brillar de nuevo. Hasta entonces, un beso!

miércoles 19 de noviembre de 2008

En su memoria

A mi abuela Isabel.
- Por fin… - suspira, aliviada, al percibir, al fin, la pausada respiración que le confirma el sueño del hombre que, quedo y sereno, reposa recostado a su lado. Suavemente, le acaricia el rostro con ternura y celebra para sus adentros esa primera noche en que ha logrado abandonarse al sueño sin necesidad de ningún fármaco desde que la enfermedad de su madre se abrió paso a empujones en su mente e invadió sus vidas en un precipitado descenso al pozo del olvido.

Por primera vez desde aquel terrible mes en que toda lógica perdió su sentido, su marido duerme tranquilamente, entregado por completo al sueño, liberado del peso del dolor y el sufrimiento. Sin embargo, ella sabe que, en cuanto despierte, lo cubrirá de nuevo el oscuro velo de la tristeza, borrando de sus facciones la suavidad del plácido descanso. Pero no es momento de pensar en eso, pues ya el simple hecho de poder contemplar su cuerpo relajado es motivo de alegría para ella, que, incansable, no ha dejado de mostrarle su incondicional apoyo y su infinito cariño en todo este tiempo. Ese es su más preciado premio, verlo así, tranquilo, después de tantas terribles noches. Es así como ella disfruta de su recompensa, amándolo en el silencio de la noche con toda su alma, tan o más profundamente que hace casi 28 años.

Su alivio pronto se acompasa a la calma del hombre, guiándola en la oscuridad de la habitación hasta su cuerpo distendido para arroparlo en un cálido abrazo que él acoge al momento, anudando su reposo a la figura de su esposa. Sin poder – ni querer – evitarlo, ella sonríe, ruborizada e intensamente complacida, y cierra los ojos para enterrar su rostro en el cuello del hombre e inundarse del olor que tanto ama.

Es entonces cuando, desde el otro lado de la casa, llega a sus oídos el eco de un frenético tecleo que, incesante, cual mecánica canción de cuna, llena el vacío sonoro del hogar. Visualiza enseguida en su pensamiento la silueta de su hija frente a la pantalla del ordenador, batiéndose en duelo con las agujas del reloj para terminar a tiempo uno más de los cientos de trabajos que se le exigen, un día tras otro, para cumplir con el ilustrado verdugo que deberá, al fin, hacerle entrega del preciado diploma que entreabra un poco más la puerta de su anhelado sueño.

- Esta niña tiene manos de pianista, - solían comentar en la familia - como su tía. - Pero ella se negó siempre a seguir pasos ajenos, sus manos encontrarían con los años otras formas de canalizar su delicadeza y el temperamento de su espíritu. Y en eso dedica hasta altas horas de la madrugada su esfuerzo y empeño, en forjar para sí misma un futuro que pueda cumplir la promesa de un hallazgo memorable, del onírico tacto de la Historia en la yema de sus polvorientos pero gráciles dedos.

Pero esta vez el acelerado golpeteo, furtivamente, engaña al desvelo de la mujer, pues no hay meta académica que persiga, sino, tan sólo, el deseo de librarse, a su manera, de la asfixiante angustia que se mantiene instalada en el pecho de la muchacha desde mucho antes que el final se anunciara inminente. Así, la chica llena, noche tras noche, decenas, cientos de páginas que no la consuelan, pero gracias a las cuales logra adormecer su pena, darle brillo, convertirla en algo de lo que, tarde o temprano, poder mostrar orgullo.

Cada noche, sus lágrimas fluyen a través de sus dedos y sus ojos, en la pantalla, las ven tornarse arte, si así puede llamarse a la sublimación de la añoranza. Guarda en un rincón de la memoria artificial esas pequeñas notas, tal vez demasiado grises, donde se confiesa y se vacía, para acostarse algo más relajada y encontrar, a su manera, el analgésico que mitigue su nostalgia. Pero a su manera, también, la joven logra encontrar así el equilibrio entre sus fantasmas y sus alegrías, que son y han sido muchas, paradójicamente, desde la misma época en que apareció la sombra omnipresente del deceso.

Sumida en el reposo, ignorando por completo el énfasis creador de su hija, la mujer rememora, con orgullo, todas las conversaciones que mantuvo con la joven mientras la vida de su abuela luchaba por no consumirse. A su recuerdo acude la tarde en que la muchacha, vencida por el llanto, le confesó sentirse profundamente culpable por ser feliz a pesar de la tragedia que hora a hora se aproximaba. – Las personas estamos hechas para la supervivencia, cariño – le explicó, convencida de la ausencia de toda culpabilidad. – Si eres capaz de encontrar retales de felicidad incluso en esta situación es porque eres una superviviente; debes sentirte orgullosa de ello y aprovecharlo. No quiero que te hundas -.

Y no lo hizo, ni lo hará ahora. Pero la mujer comprende que su rostro se torne amargo y sus ojos, tristes, cuando en su memoria se refleja la visión difusa de aquellas manos temblorosas, de esos labios sin voz, de esa mirada ausente. Por ello la anima a recuperar recuerdos, a rememorar cientos, miles de anécdotas que compartió con ella, porque sabe de antemano cómo se ilumina su sonrisa cuando descubre que la persona que tanto amaba no se la llevó la enfermedad ni la muerte, porque en ella vive y vivirá siempre, tal y como era, tal y como merece que la recuerde.

La mujer, lentamente, se adormece, mecida por el apacible murmurar de sus pensamientos. Casi ni lo percibe, pero el repetido tecleo ha cesado. La oscuridad y el silencio lo invaden todo. Un aire limpio y fluido llena por fin la noche y acompaña el sueño del hogar que, a pesar de todo, poco a poco, ha empezado a recuperar la paz.